lunes, 28 de febrero de 2011

Consumópolis





Hace unos días, en una ciudad había una mujer muy tacaña que todos los días reclamaba al ayuntamiento que pararan de hacer publicidad no deseada. Y los compatriotas que se oponían a la reclamación de aquella mujer, diciéndole que era imposible, porque si no, la gente no iría a las tiendas, no comprarían, y quebrarían las compañías que las patrocinaban. La mujer, indignada fue a los tribunales, y a quienes los dirigían. La mujer les explicó que los colegios, centros públicos y privados, hospitales, etc., estaban llenos de publicidad que distraía a los niños, jóvenes y más mayores, provocando una ansiedad absoluta de comprar y comprar lo que patrocinaban los carteles y radios de toda la ciudad. Los jueces y superiores que se encontraban en aquella sala, disputaron que la mujer tenía gran parte de la razón, pero las compañías que patrocinaban tiendas y centros comerciales necesitaban un tercio de publicidad porque, como le explicaron en el ayuntamiento, quebrarían las tiendas y ofertas que daban por “Publicidad”. Al final comunicaron a los concejales y alcalde de la ciudad que quitarían el 63% de publicidad para que no hubiera tanta publicidad por las calles y centros públicos de la ciudad.




Érase una vez dos niños que vivían en un pueblo chiquitito. Tenían muchas ganas de poder tener algo de marca, pero su madre decía que era muy caro y no se lo podían permitir porque eran pobres. Cuando veían anuncios de marcas siempre se echaban a llorar, también tenían una casa que no estaba en condiciones, entonces llamaron a “Esta casa era una ruina”. Fueron a su casa y se los llevaron de viaje con cheques para poder comprar cosas de marca. Se compraron un montón de cosas de marca como unos pantalones, unos chandals, unas zapatillas, etc. Cuando volvieron a su casa era todo espectacular. Les compraron ropa de muy buena marca y al padre le compraron el coche mejor del mercado. La casa era espectacular, pero... no eran felices. Vieron que estaban rodeados de publicidad y decidieron que por tener todo de marca no significaba que fueran felices. Pero no hace falta irse tan lejos cuando en tu mismo colegio estás rodeado de publicidad. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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